DRAGANDO EL FUTURO por José María Montero

DRAGANDO EL FUTURO

desembocadura_del_guadalquivir_en_sanl25facar_de_barrameda-470x260Por José María Montero. Periodista ambiental todoterreno y multimedia. Dirijo “Espacio Protegido” y “Tierra y Mar” en la TV andaluza (y unas cuantas cosas más). Cuando no escribo… cocino (y viceversa).

Doñana a la derecha y Sanlúcar de Barrameda a la izquierda, así se despide el Guadalquivir antes de fundirse con el Atlántico.

La crisis actúa como un perverso túnel del tiempo que nos devuelve ideas caducas, escenarios casposos y debates que creíamos definitivamente resueltos.  ¿Es posible que a estas alturas regrese la cantinela aquella de “conservación o desarrollo”? ¿Todavía hay quién, sin ruborizarse, se atreve a defender que la conservación del medio ambiente hipoteca nuestro desarrollo económico? ¿Hay ciudadanos que, quizá confundidos por la desesperación, están dispuestos a creer que el empleo se multiplica relajando algunas cautelas ambientales “exageradas”?

Ayer volvió a resucitar la plataforma que, hace diez años, se constituyó en Sevilla para reclamar el dragado del Guadalquivir, aumentando así el calado del canal navegable y permitiendo la entrada hasta la capital de buques de gran tonelaje.

El proyecto fue rechazado por el comité científico encargado de analizar su impacto en el estuario del Guadalquivir al considerar, entre otros argumentos demoledores, que es “incompatible con la conservación del estuario” y que los perjuicios que ocasionaría “son mayores que el supuesto beneficio económico”.

Pero, ¿por qué le otorgamos tanto valor al Guadalquivir en su tramo final, en ese estuario que algunos consideran una simple autovía fluvial y otros un paraíso de la biodiversidad?

El estuario del Guadalquivir abarca unos 10.000 kilómetros cuadrados de extensión, y comprende el cauce principal del río desde Alcalá del Río (Sevilla) hasta la desembocadura, tramo que mide unos 115 kilómetros. La riqueza en nutrientes de esta zona húmeda se explica, en parte, por la mezcla de agua dulce y salada, motivo por el que numerosas especies marinas acuden a ella a desovar, haciendo del estuario un elemento indispensable para la recarga de los caladeros del golfo de Cádiz. Asociados a esta arteria principal se encuentran los “brazos”, antiguos cauces que han dejado aislados una serie de territorios conocidos como “islas”. En la margen derecha, el brazo de la Torre traza los límites de la Isla Mayor y el brazo de los Jerónimos los de la Isla Mínima. En la margen izquierda es el brazo del Este el que dibuja los contornos de la Isla Menor.

Este es un territorio  humanizada desde tiempos remotos,  sometido a numerosas intervenciones que la han ido moldeando. Las referencias que se  tienen del cauce en la Alta Edad Media permiten describir cómo funcionaba todo este sistema cuando aún no había sufrido alteraciones de importancia. Entonces el Guadalquivir se abría, en su curso bajo, en tres grandes brazos que penetraban en las marismas, y en los que desembocaban multitud de canales mareales que drenaban de forma natural estas extensas llanuras inundables. El agua dulce, cargada con los nutrientes que habían viajado desde las zonas altas del cauce, se mezclaba, de forma heterogénea, con la salada procedente del mar, creando así multitud de ambientes. Como explica Carlos Fernández-Delgado, catedrático de la Universidad de Córdoba y especialista en peces de aguas continentales, “la biodiversidad acuática en aquella época debió ser  extraordinaria, pues en el estuario confluían especies propias de aguas dulces, aguas salobres y aguas saladas”.

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¿Merece la pena convertir el Guadalquivir en una autovía fluvial? ¿Cuánto ganamos? ¿Cuánto perdemos?

Con el paso de los años tanto el estuario como su entorno comenzaron a sufrir serias transformaciones. El cauce se fue adaptando a las condiciones que imponía el tráfico de buques, las explotaciones agrícolas se extendieron en buena parte de las marismas y a lo largo de la cuenca del Guadalquivir aparecieron pantanos, vertidos y problemas de deforestación.

Ya en 1795 se procedió a ejecutar la primera corta, denominada “Merlina”, para restar unos diez kilómetros a la distancia de navegación que existía entre Sanlúcar de Barrameda y Sevilla. Desde entonces y hasta 1992, cuando se ejecutó la última de estas obras, se han llevado cabo un total de siete cortas, de manera que los 127 kilómetros que originalmente tenían que recorrer los buques han quedado reducidos a medio centenar.

“Estas modificaciones”, explica Fernández-Delgado, “han hecho del antiguo Guadalquivir un cauce casi rectilíneo, alterando la dinámica fluvial, por lo que ahora las mareas dejan sentir sus efectos de una manera mucho más potente que antaño”. Poco se sabe, admite este biólogo, de las repercusiones que ha causado el dragado periódico del canal de navegación, actuación que todos los años supone la retirada de un volumen de fangos de entre 100.000 y 200.000 metros cúbicos.

Pero la gran transformación de los ecosistemas marismeños se produce a partir de los años 30. En la actualidad, y dentro de los límites del Parque Nacional de Doñana, solo unas 27.000 hectáreas de terreno conservan sus características naturales, lo que apenas representa un 12 % de las marismas originales.

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Los sedimentos que arrastra el río, cuando el caudal lo permite, fertilizan los caladeros del Golfo de Cádiz.

La construcción de más de 40 embalses en diferentes puntos de la cuenca, con una capacidad global cercana a los 8.000 hectómetros cúbicos, ha originado una progresiva disminución del volumen de agua dulce que llega al estuario. La intrusión marina es, por tanto, mayor, y los nutrientes, vitales para el desarrollo de las comunidades de fauna que viven en el tramo final del río, son cada vez menores al quedar retenidos en las cubetas de los embalses. Si hasta ahora esta disminución de la fertilización natural no parece haber causado un empobrecimiento de la diversidad biológica es porque, posiblemente, haya sido sustituida por los vertidos orgánicos sin depurar procedentes de algunos municipios.

A todos estos problemas hay que sumar la progresiva pérdida de la vegetación que cubría las riberas de todos los ríos y arroyos que desembocan en el estuario, lo que ha dado lugar a importantes pérdidas de suelo, fenómeno que está causando una acelerada colmatación de las marismas. En el caso del cauce principal, el tráfico de buques, unido a la escasa cobertura vegetal que existe en algunos tramos de las orillas, origina graves problemas de erosión.

Si se suman todos estos factores, advierten los especialistas, no es difícil imaginar la delicada situación en la que se encuentra el estuario del Guadalquivir, y lo incierto que se presenta su futuro. No se trata solo de salvaguardar los valores naturales de este espacio, sino también su importancia en el mantenimiento de actividades económicas como la agricultura o la pesca. En el tramo final del río se han censado 55 especies de peces, 49 de crustáceos, 22 de insectos acuáticos y 8 de invertebrados, y, además, constituye la principal zona de cría y engorde para unas 20 especies marinas que son explotadas comercialmente por la flota que faena en el Golfo de Cádiz.

No es de extrañar, por tanto, que el proyecto para mejorar la navegabilidad del río haya sido cuestionado desde diferentes instancias científicas y conservacionistas. En realidad no se trata de “conservación o desarrollo”, sino, más bien, de “pan para hoy y hambre para mañana”. Y en algunas cuestiones, como estamos sufriendo ahora, el pan duró bien poco y el hambre ya está aquí…